martes, 12 de julio de 2011



Nos citamos en la misma banca, en la que le robábamos la magia a las mariposas, el olor de whiskey a la noche, la sensación desolada de un cuarto de hotel. En ese preciso momentos sus miradas y la forma en que movía sus manos hacían de sus palabras gestos de sobra, tenía la mirada hundida y profunda como en esas noches de cigarrillos y guitarras  eternas, en las que solo nos encontramos los de la voz profunda y las manos cansadas de recoger tanta ausencia. Entonces mis palabras no querían asomar y la brisa me ahogaba suavemente y no quedo más que fundirme en su abrazo, buscar mi rincón en su espalda y entonces amarlo como nunca y como siempre, con palabras y des(horas), con mis labios cansados de extrañarlo y mi voz casi cansada de susurrarlo en esas tardes rojizas. No me quedaba más que entregarle hasta mi sombra y que entonces con su cuerpo camináramos siendo una sola, jugando a no tocarnos, jugando a no desearnos. Y entonces me dijo – podrán pasar tantos años y podre conocer tanta gente, besar tantos labios y amanecer en otras camas, pero mis pies como mi sombra solo querrían encontrarla a usted, que me ha hecho ser más que amor- a lo que respondí con copos de nieve rojizos en mis mejillas –podré suspirar tantos nombres, pero al final de la noche mi voz solo gritaría su nombre, y mi cuerpo sus manos.- lo bese y no quedo más ausencia que extrañar.

Luisa Fernanda Pardo.

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