lunes, 12 de diciembre de 2011

Lo conocí y no valió más nombre que su sonrisa, lo sentí y no valió más palabra que un beso y fuimos saliendo, fuimos siendo, cada día con más libertad y no miento cuando digo que le entregaba mis fuerzas y todas mis ganas, en cada mirada.

Y así fuimos viviendo mejores días, así fui caminando con mis dedos por su espalda, susurrándole cosas al oído. Me instale en una parte que desconocía, y cada noche me decía que era distinta mientras recorría mis labios con sus dedos, era distinta porque lo hacía vibrar, le daba fuerza de seguir cuando todo era una mierda. Cuando los tiempos no eran los mejores, siempre estuve para saltar con el, para ser lo que nunca nadie antes con el fue.

Resulto  más bien que la noche no era fría, pero la costumbre me llevo a su cuerpo y las palabras me llevaron a sus labios y así, como un laberinto infinito fue recorriendo mi cuerpo con sus manos, conquistando mis rincones más profundos y secretos y así a media luz, le di todas mis palabras escritas en mi piel, así le quite la ropa, así me aloje en su espalda, así fui sintiendo mas y temiendo menos. Resulto que se apodero de mi, dejando a un lado mis deseos de darle mil vueltas, de llevarlo al piso, al sillón, de regresar a la cama. Ahí cuando su mirada se torno igual que las demás, comprendí que sus palabras también acabaron cuando termino con todas sus banales fuerzas dentro de mi.

Resulto ser humano, resulte siendo lo mismo, le entregue más que mis palabras y quise hacerlo diferente a los demás, lo quería en constante en libertad, ¿ pero qué más libertad que la de los cuerpos luchando a entrelazarse?. Le dí mi cuerpo, mi mente y mis ganas, el me regalo ilusiones y una noche, al final una de las peores noches.


Luisa Fernanda Pardo.

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